Estos tres capítulos son parte de Donde pesa la duda, un libro en el que estoy trabajando y donde relato mi viaje de muchos años explorando y estudiando distintas conspiraciones.
Caput XI: Cicatrices en el cielo
En el año 2013 trabajaba como buzo profesional en Great Yarmouth, una pequeña ciudad costera de Inglaterra, cuando algo me llamó la atención: una exposición en un pub sobre Chemtrails. No tenía idea de qué era eso, pero la curiosidad me empujó a entrar. Dentro, encontré agricultores locales y un señor que venía de Francia y que era dueño de plantaciones. Durante hora y media, desplegaron gráficos y análisis de cultivos de varios años, mostrando cómo, año tras año, sus tierras se cargaban de metales pesados y debilitaban sus tierras. ¿Metales pesados en los cultivos? Decían que afectaba a los frutos, a la tierra misma, y el origen de todo aquello parecía venir del cielo. Aviones, decían, aviones que llevaban años fumigando el aire sobre nuestras cabezas.
Me sorprendió, lo admito. ¿Cómo no me había dado cuenta? Quizá, pensé, porque en el Reino Unido siempre está nublado, las pistas se difuminan entre las nubes. Pero algo despertó en mí. Empecé a mirar hacia arriba. En España, el cielo era más claro, y ahí, en los días despejados, comencé a ver esas líneas, esas cicatrices en el firmamento. Las veía por todas partes.
Busqué respuestas, y lo que encontré fue silencio. Teoría de la conspiración, decían. Aquellas marcas en el cielo no eran más que vapor de agua, nada de qué preocuparse. Pero el vapor de agua no deja trazos que permanezcan, que se extiendan, que se fundan en el aire como si algo más estuviera ocurriendo. Y la duda, esa duda, se quedó ahí, creciendo como una semilla.
Se vende: Cielo azul, se puede pintar.
¿Qué es lo que han hecho con el cielo?
Ayer, era un espejo azul, profundo y sereno,
y hoy, son suspiros largos y blancos
que desgarran el manto celeste,
como hilos de un destino oscuro que no nos pertenece.
Aquellas nubes que antes vagaban, libres y deshechas,
dibujaban paisajes en la inocencia del viento,
hoy son sombras de sí mismas,
pintadas sobre líneas que no comprenden.
Ya no flotan, ya no juegan;
son prisioneras de un plan que no sienten,
de una mano que no ven.
Como fantasmas, los que mueven los hilos
se esconden en las sombras de los días,
dejando en el aire cicatrices,
huellas que no borrará la tormenta.
No hay trueno que reclame, no hay viento que arrastre,
solo el silencio de esos trazos,
esos arañazos del cielo que rasgan nuestra paz,
sin que sepamos quién traza los caminos
que jamás recorrerán nuestros pies.
Yo, que amaba el cielo en su inmensidad de sueños,
hoy lo miro con recelo,
como se mira un rostro que oculta mentira,
y me pregunto en quietud:
¿qué esconden esas líneas sin fin,
qué ocultan los que juegan con el aire,
los que tejen los destinos sin alma,
los que trazan en el cielo sus secretos
con la tinta invisible de la oscuridad?
Los vientos, cómplices mudos,
ya no cuentan las historias de antaño,
las nubes, que antes eran canciones,
son ahora notas disonantes,
perdidas en pentagrama que alguien más ha escrito.
Nos queda el eco, la duda,
el anhelo de aquel cielo que ya no es nuestro,
y el miedo sutil de que tal vez,
al igual que las nubes,
nuestras almas también sean presas
de esos hilos que nadie ve,
de esas sombras que nadie nombra.
Las nubes lo saben.
En sus formas rotas, en su andar temeroso,
guardan el secreto de quienes trazan el firmamento.
Y nosotros, que aún creemos ser dueños del cielo,
nos perdemos en el resplandor de los días,
sin mirar arriba, sin preguntar.
Había un tiempo, ¿lo recuerdas?,
en que el cielo era puro algodón.
Un lienzo azul donde las nubes,
libres como la infancia,
se deslizaban sin prisa,
moldeando figuras que solo los niños sabían interpretar.
Un perro aquí, un barco allá.
Y el viento jugaba a esculpir formas que,
antes de ser entendidas,
ya se deshacían en la inmensidad.
Aquellas nubes eran lo que la vida debería ser: efímeras, suaves, sin
propósito más allá del gozo de existir.
Ya no son nubes,
son hilos de humo,
líneas que se cruzan y enredan,
como si el cielo fuera un tablero de ajedrez
donde los peones somos nosotros.
Y esos trazos,
que antes eran excepciones,
ahora se han vuelto rutina.
Se expanden, se disuelven,
y lo que queda es un manto difuso que cubre el sol,
que apaga el azul.
Y nosotros,
bajo ese techo artificial,
miramos sin ver,
sin preguntar qué sucede en ese cielo que ya no es el nuestro.
Ellas miran hacia abajo,
hacia nosotros,
y nos ven caminar bajo esos cielos heridos,
sin levantar la vista,
sin hacer preguntas.
Nos ven seguir, inmersos en nuestras vidas terrestres,
sin notar que lo que ocurre arriba es una obra de teatro
en la que no hemos sido invitados.
Y mientras tanto,
el azul se desvanece,
cubierto por un velo que no sabemos de dónde viene,
ni hacia dónde va.
Hoy ya no es ningún secreto. Geoingeniería, lo llaman ahora. Ya no hace falta el cuento de que son simples rastros de vapor de agua. El clima se controla, dicen, por nuestro bien, para salvarnos del monstruo del calentamiento global… O mejor dicho, del cambio climático, ese nuevo nombre que encontraron cuando no pudieron probar que el mundo se estaba calentando tanto como decían.
Pero nadie conoce a los pilotos, esos fantasmas en el cielo. Los aviones que nos rocían no aparecen en las aplicaciones de vuelo, son espectros que cruzan los cielos invisibles ante los radares de la conciencia. Ningún partido político, ninguna voz poderosa, se atreve a preguntar qué es lo que hacen con nuestros cielos, por qué el sol ahora tiene que atravesar cortinas de humo.
Y mientras tanto, las nubes… esas nubes que solían contar historias con sus formas, ahora están derrotadas, tristes, como si supieran que nadie las mira. Nadie se detiene a preguntar qué está ocurriendo ahí arriba. El cielo nos habla, pero nosotros lo ignoramos, indiferentes, con la mirada fija en la tierra, mientras allá arriba la batalla por el control del clima ya se ha decidido, y nosotros no fuimos ni espectadores.
Caput XII: How dare you
Nuestra culpa
Nos dijeron que el planeta arde,
que el calor es nuestra culpa,
pero un día, el nombre cambió,
y de calentamiento global,
pasamos a llamarlo cambio,
porque el calor no siempre llega,
pero la narrativa no debía enfriarse.
John Clauser,
un humilde premio Nobel,
desde su rincón de ciencia,
levantó la voz,
dijo que las nubes tienen que contar,
que el CO₂ no es el villano en esta trama,
que el sol y los cielos juegan sus propios juegos,
mientras nosotros,
ciegos de niebla,
nos tragamos el guion sin pestañear.
Nos enseñaron a temer,
nos señalaron con el dedo,
y entonces apareció Greta,
hija de actriz,
por casualidades de vida.
La niña que grita a presuntos poderosos,
pero nunca mira hacia abajo,
hacia las fábricas de las grandes manos,
esas que se llenan de oro
mientras el planeta marchita.
Nos dijeron que el plástico en el mar
es por las botellas que tiramos,
que las emisiones son nuestras,
del coche viejo,
del aire acondicionado en verano.
Nos culparon a los pequeños,
nos hicieron creer
que el planeta muere por nuestras manos,
pero ¿y ellos?
Las grandes corporaciones,
los que vierten petróleo en los ríos
y venden energía verde
como si fuera milagro,
cuando la naturaleza sigue sangrando.
Clauser duda,
y nosotros también deberíamos.
¿Qué hay detrás de los partidos verdes,
de las energías renovables
que desgarran la tierra,
las tierras raras arrancadas
como si fueran hojas secas?
Nos dijeron que somos los malos,
los que hemos destruido lo que queda,
pero, ¿y ellos?
Los que nunca se ensucian las manos,
los que venden salvación en paneles solares
y molinos que matan aves.
Quizás el cambio es real,
quizás el planeta sufre,
pero las preguntas persisten:
¿Es todo esto nuestra culpa,
o nos han hecho creer
que el poder está en nuestras manos,
mientras ellos,
los de siempre,
siguen jugando con la vida y la muerte,
desde sus torres de cristal?
Nos cuentan un cuento,
un cuento de fin del mundo,
pero no el fin de todos,
sino solo de los pequeños,
de los que siembran,
de los que respiran el polvo de la tierra
y beben agua que ya cotiza en bolsa,
como si la vida tuviera precio,
como si el agua fuera moneda
para los que manejan los hilos de nunca.
Nos dicen que el planeta se seca,
que la culpa es nuestra,
de nuestros campos,
de nuestros cuerpos que consumen,
pero algo traman a espaldas,
algo que no se ve,
algo que huele a control,
a nuevas reglas por venir.
Nos llenan de promesas verdes
mientras cortan bosques.
Un día, quizás,
nos cortarán el agua,
nos dirán que ya no queda,
que la han guardado para los que pueden pagarla,
y nosotros,
como siempre,
seremos los culpables,
los que agotaron la última gota
sin darnos cuenta.
El hambre será la nueva ley,
nos dejarán sin semillas,
porque en su juego,
en su historia que no nos contaron,
todo tiene dueño,
y no somos nosotros.
Quizás, mientras nos hablan del clima,
traman cómo quedarse con la última semilla,
cómo hacernos vivir bajo sus reglas,
sin tierra,
sin agua,
sin futuro.
Es otro cuento,
un cuento donde los grandes,
los de traje y sonrisa de plástico,
siguen jugando a ser dioses,
mientras nosotros,
los de siempre,
los pequeños,
somos las piezas que mueven
en su tablero invisible.
Algo traman,
en los ecos de torres donde nunca llega el viento,
donde el agua se convierte en números,
donde semilla muere
antes de tocar tierra.
Nos venden verdades verdes,
como hojas de árboles de metal,
nos hablan de molinos que giran
y de soles atrapados en cristal,
pero sus sombras,
detrás de cortinas de humo,
las manos que no vemos
cavan pozos donde el agua ya no es agua,
es moneda,
es poder,
es lo que un día cortarán
como quien corta la última flor del jardín.
Quizás ya no haya trigo,
quizás ya no haya tierra.
Nos contarán que fuimos nosotros,
los que la agotamos con nuestras manos sucias,
mientras ellos,
desde lejos,
guardan la última gota,
la última semilla,
el último pedazo de pan.
Y nosotros,
sedientos de una verdad que nunca fue nuestra,
miraremos al cielo,
como si la lluvia aún respondiera,
como si los campos aún recordaran su canción.
Algo traman,
y en su juego de espejos
el hambre será nuestro nuevo dios,
la tierra, un recuerdo,
y el agua,
esa vieja amiga,
ya no fluirá en nuestras manos
sino en las de aquellos
que desde siempre la tuvieron.
Greta grita “How dare you”, y el mundo entero la escucha. Los medios replican su voz, se hacen eco, la amplifican, y su mensaje resuena en cada rincón. El cambio climático, dicen, es el reto de nuestra era, y Greta es la voz indignada de una generación. Los medios de manipulación la aplauden, la siguen como si el futuro dependiera de esas palabras. Pero, en algún otro lugar, John Clauser, premio Nobel de Física, se atreve a decir lo que pocos se atreven: que el cambio climático es un timo. Y, sin embargo, el silencio es abrumador. Nadie lo escucha, nadie amplifica su voz. No es que el clima no esté loco, claro que lo está. Basta con mirar a nuestro alrededor para ver cómo se desatan tormentas, sequías, y un caos que parece impredecible. Pero si consideramos la geoingeniería y los distintos medios que manipulan el clima, la pregunta se vuelve inevitable: ¿Quién está manipulando el clima?
Les vale el cambio climático como excusa, eso parece evidente. Porque mientras nos hablan del desastre natural, del calentamiento global, resulta que ellos —quienes controlan las tecnologías, quienes manejan la geoingeniería— ya están metiendo las manos en los cielos, en las nubes, en las tormentas.
La pregunta se vuelve incómoda: ¿Qué parte del cambio climático es natural, y qué parte es artificial? ¿Nos asustan con el clima mientras, en silencio, lo modelan a su antojo? Mientras los aviones surcan el cielo y los laboratorios del mundo juegan con la atmósfera, la narrativa oficial se apoya en el cambio climático para justificar las catástrofes. Pero, ¿hasta qué punto son responsables de ese caos?
Al final, la excusa del cambio climático puede estar sirviendo para encubrir un control mucho más profundo, uno que ya está en marcha y que nosotros solo estamos empezando a entrever.
Supongo que es así. El show debe continuar, el guion ya está escrito, y quienes lo cuestionan son silenciados por el eco ensordecedor de la narrativa oficial. Las preguntas incómodas no tienen cabida en el teatro del mundo.
Caput XIII: HAARP
Los dueños del trueno
Un día, los dioses subieron al cielo.
No con truenos ni relámpagos,
sino con máquinas invisibles
y un susurro que nadie escucha,
pero que todo lo cambia.
Los nuevos dioses no vienen de mitos,
no caminan entre nubes,
ni lanzan rayos desde lo alto.
Están aquí, entre nosotros,
con manos frías
y ojos que no ven mundo
sino tablero de juego.
Se llaman HAARP,
pero no tienen nombre.
Son los que manipulan los vientos
como quien mueve piezas en el aire,
los que juegan con nubes
como niños con fuego,
sabiendo que lluvia que cae
no es solo agua,
es poder,
es control.
Los vientos obedecen
a los que hablan lenguajes invisibles,
y cuando las nubes arremolinan,
no es siempre capricho de naturaleza,
a veces también por ordenes que nadie escucha.
Los rayos que parten el cielo
no son los viejos rayos,
son pulsos de máquina
que late en oculto,
donde dioses de antes
ya no tienen voz.
Manipulan el clima,
como quien ajusta reloj.
Giran manija,
y la tormenta se desata donde quieren.
Secan ríos,
encienden desiertos,
hacen que la tierra tiemble
cuando lo desean,
y nadie, nadie ve sus manos.
Desde Alaska hasta los cielos
que nunca supimos mirar,
emiten susurros en ondas
que aire no puede negar.
Las tormentas obedecen,
los huracanes giran
según sus cálculos exactos,
y nosotros,
bajo cielos que ya no nos pertenecen,
nos mojamos en lluvias que no nacieron del mar.
El agua cae cuando ellos lo deciden,
el sol quema más fuerte
cuando quieren ver el caos en las calles,
y las cosechas mueren bajo cielos
que antes nos daban vida.
Ellos,
los nuevos dioses de ciencia oculta,
pueden crear sequías
y tormentas,
pueden mover viento
y hacernos creer que el mundo
se ha vuelto loco por sí solo.
Pero no es locura.
Es el trueno que se controla,
el rayo que ya no escapa del poder humano.
Nos secan los ojos con soles que no entienden,
nos ahogan con lluvias que no pedimos,
y cada huracán que arrasa,
cada ola que rompe,
lleva la firma de aquellos
que juegan a ser dioses,
pero no conocen la piedad.
El cielo ya no nos escucha,
la tierra ya no nos protege.
Ellos juegan,
con botones,
mueven montañas de aire
y despliegan tormentas
como quien despliega un ejército.
Y nosotros,
los de abajo,
caminamos entre sus desastres
sin saber de dónde viene el viento,
sin entender que algunas lluvias
no son casualidad,
que el calor no es solo del sol,
que la tierra cruje
porque alguien,
en algún lugar,
decidió que debía crujir.
Ellos no son dioses,
pero se creen más poderosos.
Juegan con la vida,
con el clima,
como quien juega a crear mundos
sin miedo a destruirlos.
Nosotros solo escuchamos los truenos,
vemos las nubes oscurecer,
y pensamos que es la naturaleza
la que nos castiga,
sin saber que las manos invisibles
ya decidieron por nosotros.
Ellos son los que mueven el aire,
los que hablan con truenos
y dibujan tormentas
en papeles que nadie leerá.
Nosotros solo vivimos bajo su cielo,
sin saber que ya no es nuestro.
En lo profundo de Gakona, Alaska, el HAARP se yergue como una presencia solitaria, rodeado de nieve y silencio. Dicen que lo construyeron para estudiar la ionosfera, esa delgada capa de la atmósfera que, como un escudo invisible, protege a la Tierra. Nos dijeron que era para la ciencia, para comprender cómo las comunicaciones y las señales de radio rebotan en ese espejo natural. Pero allí, entre antenas que miran al cielo, hay un secreto menos claro, una verdad que se oculta bajo el frío del ártico. La presencia militar.
El HAARP es una red de más de 180 antenas, proyectando energía hacia lo alto, enviando señales a esa capa frágil y lejana. Lo que sube, dicen, también puede bajar. Los rumores son persistentes, esos que hablan de cómo la ionosfera, cuando es golpeada con suficiente energía, puede rebotar esa fuerza hacia la Tierra. ¿Y si esa energía no volviera tranquila, sino violenta? Huracanes, tsunamis, terremotos. Porque cuando los militares están presentes, uno ya no habla solo de ciencia; el poder de controlar el clima deja de ser un sueño de ficción.
Dicen que el HAARP puede desencadenar tormentas en el mar y desatar furias en la tierra, todo dependiendo de la potencia que proyecte. Y mientras la agenda oficial señala el cambio climático, hay quienes miran a Alaska, a esas antenas que silenciosamente se alzan hacia los cielos. ¿Es el HAARP solo un laboratorio o es la llave que gira los engranajes del clima?
Entre 1967 y 1972, en los cielos de Vietnam, la guerra no solo se libraba en la tierra. Allí arriba, donde el viento acaricia las nubes, los aviones estadounidenses trazaban su propio destino. La Operación Popeye nació en secreto, en el silencio de los cuarteles. No se trataba de balas ni bombas, sino de algo más sutil: modificar el clima, torcerle el brazo al cielo.
Lanzaban yoduro de plata sobre las nubes para que el monzón no dejara de llover. La tierra, empapada, se volvía barro. Y aquel barro era el enemigo silencioso, el que pretendía hacer intransitable la Ruta Ho Chi Minh, por donde los vietnamitas movían su esperanza en forma de suministros. Las lluvias se extendían más allá de lo normal, como una cortina interminable, no para nutrir los campos, sino para que la guerra fuera más larga, más sucia, más desesperante.
El cielo se había convertido en otra arma.
Durante las Olimpiadas de Beijing 2008, el gobierno chino utilizó técnicas de modificación del clima para evitar lluvias durante la ceremonia de apertura.
El 9 de mayo de 2015, durante el desfile conmemorativo del 70º aniversario de la victoria sobre la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial, para garantizar que no lloviera durante el evento, las autoridades rusas emplearon aviones que esparcieron productos químicos en las nubes, para disiparlas y prevenir lluvias.
Quizás nunca habíamos reparado en esos cuadrados que disipan las nubes, las de verdad, esas que solían flotar libres, hechas de algodón. Pero ahora, tal vez, empecemos a mirar más arriba, a preguntarnos por qué nos fumigan. A preguntarnos por qué, ningún partido político, del color que sea, menciona lo que vemos cada día en el cielo. Quizás, al fin, enlacemos las sequías con esos cielos modificados y, poco a poco, enlacemos más preguntas. Porque, a veces, la verdad no está en lo que vemos, sino en lo que nunca quisimos mirar.
