A ti, compañero de pasos lentos, negro como la noche que abraza la luna, tan calmo como el río que sabe su destino. Te miro y me miro, y en tus ojos veo el reflejo de los días que no volvemos a vivir, pero también la eternidad de los momentos que guardas con la fidelidad de quien nunca olvida.
Eres grande, pero no por tu peso, sino por la paz que derramas sin pedir nada, por la serenidad que en tu andar se posa como una caricia, suave y constante. Eres mi maestro en este arte de vivir despacio, de saborear cada segundo como si el tiempo no fuera más que una ilusión inventada por los que corren sin saber a donde.
Te haces mayor, mi amigo, y yo lo siento en cada suspiro tuyo, en cada mirada que me das como si supieras lo que yo no quiero decir. Quedan pocos años, dicen, pero yo no los cuento, porque contigo el reloj se detiene, y la vida se vuelve infinita en la simpleza.
Cuando ya no estés, no faltará tu sombra, porque la habrás dejado en cada rincón de este hogar, en el aire, en el silencio, en los amaneceres que me despertarán recordando que la lección más hermosa es aquella que me diste sin palabras. El amor más puro es como el viento: no lo ves, no lo tocas, pero lo sientes. No pide nada, solo pasa, acariciando la piel y dejando huella en el alma. La lección más hermosa fue esa brisa que trajiste sin hablar, un susurro de lo eterno que, sin querer ser, ya era.
Y así, amigo, en la calma de tus últimos días, sabes que te seguiré hasta donde el corazón me alcance, agradecido por cada paso, por cada suspiro, porque en ti aprendí que ser grande es abrazar la vida con serenidad, sin prisa, sin miedo, y con el amor inmenso de una bola gigante de pelo negro que guarda la paz del mundo.
Hoy, te miro y siento el peso de los años en tus patas, en tu andar pausado. Eres grande, mi mastín, no solo en cuerpo, sino en esa calma infinita que llevas dentro, en esa paz que siembras en cada rincón como si supieras los secretos del tiempo.
Has sido mi refugio en las noches frías, mi compañero de silencios que todo lo entienden. Tu mirada, siempre serena, me dice más que mil palabras susurradas. Y aunque sé que el otoño de tu vida ha llegado, en cada respiro, en cada paso lento, me muestras que el amor no tiene prisa, que la grandeza se encuentra en lo simple, en lo pequeño.
Sabes, mi amigo, que cuando el final llegue, te llevarás una parte de mi alma, pero dejarás tu luz en cada amanecer. No habrá despedida, ni dolor, porque vivirás en cada rincón de mi ser, como ese faro incansable que nunca se apaga. Seguirás siendo el gigante que camina a mi lado, aún cuando ya no estés. Tu huella será eterna, y tu paz, el refugio al que siempre volveré.
Y aunque el tiempo pase, tú seguirás aquí, en cada sombra tranquila, en cada tarde calma.
Eres, mi mastín, el susurro de la brisa en la calma de la tarde, el gigante que, con pasos de algodón, apenas roza la tierra, pero deja un eco eterno. Tus huellas no pesan, pero modelan el suelo con la suavidad de quien no teme al tiempo, porque sabe que el amor es un reino sin relojes. En tu mirada habita la paciencia de los siglos, la paz de un guerrero que ha hecho las paces con la vida, dejando que el mundo se mueva a su propio ritmo, sin prisa, sin fin.
Te veo mayor, lo sé, y el peso de los años se recuesta en tu lomo como un viejo abrigo, pero en ti no hay lamento, no hay queja. Solo la paz de quien ha comprendido que la belleza del vivir no está en los días contados, sino en los instantes que se vuelven eternos cuando el corazón late en calma.
Tienes en tus ojos el mar verde, en tu respirar, las montañas serenas. Y yo, que aún me pierdo en el ruido del mundo, te miro y aprendo el arte de ser grande en la humildad de lo cotidiano.
Sé que pronto llegará el día, mi amado compañero, en el que nuestras sombras se separen, en el que el frío de una celda me arrebate los meses que quisiera pasar a tu lado. Me voy, y duele como nunca, pero te pido, desde lo más profundo de mi alma, que me esperes. Estaré encerrado, contando cada latido en soledad, imaginando tus pasos lentos, tu mirada. Seguiré guardando cada beso tuyo, cada gesto, porque en ti he encontrado la versión más pura de lo que somos: gigantes de amor en un mundo pequeño.
Por 11 Onzas
